IMPRESIONISMO Y EXPRESIONISMO ROMÁNTICOS: "MR. TURNER", DE MIKE LEIGH



¿Qué es lo mejor o más destacable de Mr. Turner, de Mike Leigh; acaso la ambientación, la belleza visual, la iluminación portentosa (por su “naturalidad” me recordaba mucho el Barry Lyndon, de Kubrick), el atrezo quizá, o la música exquisita, o el prodigio de concisión y modulación expresiva en los diálogos, o tal vez el montaje, la dirección de actores, el mero casting…? Imposible determinarlo. Enfoquémoslo, pues, de otra forma, drásticamente: ¿Va el arte dramático británico camino de sustituir a la realidad social viva por obra de su asombrosa fuerza estética y técnica? ¿Cómo es posible que los actores de dicha nacionalidad interpreten sus personajes cada vez, cada año, cada film o drama, “mejor”?



Esto es lo que se me ocurrió pensar casi al final de la película, cuando apareció en escena el enésimo monstruo de significatividad y dicción: ‘el fotógrafo’. Pero su figura no hizo sino confirmar lo que ya habíamos comprobado en el actor que hacía del joven John Ruskin, en las tres mujeres del pintor, las tres de persignarse; en el simple y breve médico… Por no hablar del protagonista, el genio, ¡Turner!, incorporado por el brutal, en todos los sentidos, Timothy Spall. El arte, el hombre, el artista, el escritor (Turner y Ruskin) expuestos en toda su gruñona o pedantesca, en cada caso, miseria humana, envuelta para regalo en una esplendorosa costra de sublimidad, con la omnipresente carga dickensiana (gruñona, ya digo, y retorcedora de manos...) de fondo.

En fin, obra maestra imprescindible, en especial para aquellos que, cuando van al cine, disfrutan sobre todo con las evoluciones vocales, faciales y conductuales de tipos dramáticamente tan ramplones como, bueno, Anthony Hopkins, Kevin Spacey, Gary Oldman... Y a partir de ahora, Timothy Spall.

© José L. Fernández Arellano, enero 2015

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