COLABORACIONES: RAFAEL LLOPIS, 23/10/2013

PRÓLOGO ECTÓPICO A
UN FRAGMENTO DE VIDA, DE ARTHUR MACHEN



(Escribí el texto que sigue como prólogo a Un fragmento de vida de Arthur Machen, traducido por mí por puro gusto y publicado finalmente por Editorial Siruela. El prólogo me fue encargado por el editor pero luego no lo publicó. Ahora se publica aquí, fuera de su sitio natural. Por eso lo llamo ectópico.)


Un fragmento de vida trata fundamentalmente de la emersión de una conciencia apofánica. La palabra “apofanía” fue utilizada por el psiquiatra alemán Klaus Conrad para designar el fenómeno nuclear de la esquizofrenia: una transformación súbita del significado de las cosas: un cambio cualitativo de la ciencia: una revelación.

Un fragmento de vida contiene diversos episodios cotidianos que desconciertan al lector que busca en Machen lo fantástico, lo sobrenatural, lo terrorífico, que es lo que normalmente se busca en él. Cierto es que lo sobrenatural deseado aparece o se insinúa en varios puntos de la narración, a veces como un simple toque fugaz, pero lo suficiente para que pueda ser incluida en la rúbrica “literatura fantástica”. Sin embargo, son sobre todo esos episodios realistas, casi hiperrealistas, los que poseen la principal cualidad fantástica del relato, que no reside en los acontecimientos relatados sino en la forma de percibirlos.

Arthur Machen (1863-1947)


En la mente de Darnell, el protagonista, está empezando a producirse una mutación. Su vida mediocre está empezando a ser vivida desde una conciencia cada vez más transparente, en la que cada vez se trasluce más la apofanía.

¿Darnell se está, pues, volviendo loco?

He de subrayar que la esquizofrenia no es la apofanía. La apofanía es la súbita emersión de un fulgor de la conciencia, nuevo y nunca visto, y a la vez arcaico y sabido, desde el cual o a la luz del cual las cosas se ven de muy otra manera. En esta otra manera se incluyen la nítida sensación de que el entorno posee carácter simbólico y una percepción del tiempo distinta de la habitual. La apofanía es solo una vivencia que a veces dura un instante y puede ocurrir en sueños, pero que deja una huella indeleble en la memoria de quien la vive. Ante esa demoledora impresión, repetida, irresistible, la gente desprevenida siente que se le desintegra el yo. El yo amenazado reacciona con una angustia indescriptible e intenta por todos los medios interpretar la situación y controlarla. Pero sucede que ese yo agrietado, escindido por el rayo apofánico, funciona pésimamente y además está dominado por un terror incapacitante. De ahí que solo produzca interpretaciones paranoicas y conductas patológicas. Esto sí es la esquizofrenia.

Pero la apofanía puede ser vivida de forma no catastrófica, y canalizada  por circuitos mentales muy distintos de los que conducen a la esquizofrenia.

Pondré como ejemplo una historia de esquimales referida por el explorador Knud Rasmussen y recogida por Joseph Campbell en su libro Myths to Live By. Los esquimales en cuestión viven en una sociedad chamánica. Entre ellos, cuando un joven empieza a mostrar ciertos fenómenos psíquicos que aquí se diagnosticarían de esquizofrenia, allí pasa inmediatamente a la jurisdicción del chamán. En vez de saber que lo que le está pasando se llama “volverse loco”, el joven esquimal sabe que ha sido elegido por el Poder, que se le avecina la gran prueba y que tiene que estar a la altura de las circunstancias.

El chamán habla con él, le instruye sobre los peligros que acecharán a su alma durante el viaje por el Más Allá y finalmente se lo lleva al desierto de hielo, lejos de donde está establecida la tribu, para que mute en paz, sin interferencias.

Una vez allí, prepara para él una minúscula choza de nieve y, tras exhortarle a que concentre todos sus pensamientos en el Gran Espíritu, le abandona a su soledad, acudiendo cada varios días para llevarle un trago de agua tibia, y a veces un poco de comida, y vigilar cómo transcurre el proceso. El joven esquimal queda entregado full-time a sus alucinaciones y delirios, casi muerto de hambre y de frío. Pero llega un momento en que encuentra el buen camino, se abre paso entre los espectros del trasmundo, contacta con espíritus benéficos y regresa a la llamada realidad enriquecido con la sabiduría de los mundos ocultos. Ha visitado el reino de los muertos y ha vuelto a nacer. Cuando el viejo chamán lo transporta de nuevo a lugar habitado, parece verosímil que al joven no le quede más remedio que seguir carrera de chamán.

Como señala Joseph Campbell, a la misma fórmula universal se ajusta el viaje del héroe mitológico, que él divide en tres tramos –separación, iniciación y regreso– y resume así: «El héroe se aventura a abandonar el mundo cotidiano y penetra en una región de prodigios sobrenaturales: allí se topa con fuerzas fabulosas y alcanza una victoria decisiva: de esta misteriosa aventura el héroe regresa investido del poder de otorgar mercedes a los hombres».
Darnell es el héroe de esta aventura. Sin chamán alguno, sólo impulsado al principio por sus genes galeses de la vieja estirpe y guiado más adelante por antiguos manuscritos de una tradición primordial, nuestro héroe empieza a despegarse insensiblemente del mundo cotidiano y flota lentamente hacia la región de los prodigios y las fuerzas fabulosas.

Desgraciadamente, Machen no nos lo cuenta.

El relato comienza con un movimiento lento, descriptivo, parsimonioso, casi hiperrealista, donde sólo ocurren pequeñas cosas. Sus primeras tres cuartas partes parecen el principio de una novela muy larga, en la que el autor se tomase todo el tiempo del mundo para ir creando el ambiente deseado. Pero de pronto se acelera el ritmo, irrumpen elementos misteriosos y se llega abruptamente al final, como si Machen se hubiera cansado de describir minuciosamente la transformación de Darnell y hubiera decidido acabar la historia de una vez.

Este brusco final frustra nuestro deseo de conocer en detalle los pasos que Darnell fue dando hasta ese feliz momento. Pero, en efecto, el relato, como dice su título, es sólo un fragmento y no podemos llamarnos a engaño. Resignémonos a conocer tan sólo unos acontecimientos vividos en el momento preciso en que comenzaba a producirse la mutación y agradezcamos encima a Machen que nos notifique, aunque sea escuetamente, en qué terminó el asunto.
………….

Un fragmento de vida también trata de cuestiones tales como descubrir las propias raíces, conectar con los ancestros, trascender la identidad individual y saberse eslabón de la cadena de la vida, participar en la gran sabiduría de los orígenes, restablecer contacto con los dioses, convertirse en dios. En suma, Un fragmento de vida expresa el más bello mito del momento, mucho más actual ahora que cuando fue publicado en 1906.

En aquel entonces, Machen era un escritor solitario y atípico, cuyas obras apenas despertaban interés, mientras el cuento de fantasmas alcanzaba su apoteosis final con M. R. James. El solemne espectro de la tradición gótica empezaba a dejar paso, como personaje terrorífico, a engendros más arcaicos y menos humanos, como los que ya incordian en los cuentos del propio M. R. James.
Rafael Llopis (1933)

Machen aceleró esa evolución del cuento de miedo y arrumbó el muerto, la noche y el castillo que ya no le producían terror. Lo que le producía terror, y él transmitía a sus lectores, no era aquella escenografía romántica demasiado desgastada, sino la sospecha de que, escondida tras su propia conciencia, acechaba otra conciencia distinta, intemporal, arquetípica. Los antiguos sabían de esta conciencia oculta y eran capaces de evocarla, asumirla y utilizarla (o ser utilizados por ella) mediante ritos y ceremoniales secretos. A ella aludían veladamente, mediante símbolos, sus mitos y libros sagrados. Y Machen, galés que era, se volvió a las mediaciones que tenía más cerca, a sus propias tradiciones que había mamado: a los mitos celtas, a las hadas, a los dioses y a los espíritus de la naturaleza; y salió de la negra noche gótica a la plena luz del día pagano. 

Este retorno a lo arquetípico, que aparece por primera vez con Machen, orienta desde entonces la historia del cuento de terror en un sentido de pavor numinoso que pronto va a ser expresado, aunque de modo muy distinto, por Algernon Blackwood y H. P. Lovecraft. Los tres escritores se enfrentan al gran misterio y cada uno de ellos lo contempla desde sus propios temores y ambigüedades. La reacción de Algernon Blackwood ante la presentación del Paraíso es huir: su personaje es rescatado in extremis, gracias a Dios, por amigos o azares que lo devuelven sano y salvo a su oficina, donde finalmente se le recompone el yo rasgado por el rayo. Lovecraft es todavía peor: lo que brota de las profundidades no es el Paraíso sino el Infierno. A cambio, su personaje no suele ser salvado.

Machen, por su parte, se enfrenta al asunto con bastante ambivalencia. En sus primeros relatos sobre todo, lo que emerge es una conciencia maligna que causa horror y daño en las personas de su entorno, con las cuales se identifica el autor, tal vez para disimular su secreta atracción hacia ese mundo mágico tan prohibido.

Dichos relatos son propiamente relatos de terror, aunque en ellos se insinúe la turbadora noción de que, tras ese terror, lo que se extiende es un inmenso placer. Pues en el fondo los Misterios de Machen siempre son misterios de placer, como dice Emiliano González, aunque sus cuentos a menudo traten de los horrores reservados a quienes yerran el camino. El poder que a pesar de todo adquieren, lo utilizan para el mal. Lo sobrenatural resulta diabólico.

Sin embargo, en Un fragmento de vida Machen abandona por primera vez todo pudor y proclama descaradamente su deseo pánico: lo que él anhela y busca no es ningún ideal razonable y victoriano, sino el éxtasis dionisíaco, la comunión sacramental con el misterio, que ya no le parece diabólico, sino divino. Por eso, Un fragmento de vida no es un relato de terror, sino un cuento de hadas, uno de esos cuentos de hadas cuyo más íntimo argumento, olvidado y degradado según Vladímir Propp en el transcurso de los siglos, es el viaje al País de los Muertos, la lucha contra las entidades hostiles que allí moran, la obtención del éxito y el regreso triunfal al mundo cotidiano: el mismo esquema de Joseph Campbell mencionado más arriba: el largo itinerario del yo a la apofanía, donde ésta no resulta destructora: una metáfora de los peligrosos territorios psíquicos que rodean el punto de comunicación con el Más Allá, con descripción detallada, a veces, de los guardianes que custodian el umbral de las muchas dimensiones.

Este mito de la emersión de una forma de conciencia que he lla­mado apofánica siguiendo a Conrad es uno de los pocos mitos de esperanza que le quedan hoy en día al ser humano, tan amenazado de autoextinción. Como todos los mitos vivos, posee un gran poder configurador sobre la llamada realidad, en la cual opera desde zonas aledañas a ese misterioso manantial creativo que Jung denominó inconsciente colectivo. Hoy por hoy, éste es el mito que encauza el grito de la humanidad, el deseo incontenible de la vida que somos.


BIBLIOGRAFÍA:
-BORGES, Jorge Luis: Prólogo a La pirámide de fuego de A. Machen, Ed. Siruela. Madrid,1985.
-CAMPBELL, Joseph: Myths to Live By. Souvenir Press. Londres, 1973.
-CONRAD, Klaus: La esquizofrenia incipiente. Alhambra. Madrid, 1963.
-GONZÁLEZ, Emiliano: Correspondencia privada.
-LLOPIS, Rafael: Historia natural de los cuentos de miedo. Ed. Júcar. Madrid, 1974.
-MACHEN, Arthur: Un fragmento de vida. Ed. Siruela. Madrid, 1987.
-PROPP, Vladímir: Las raíces históricas del cuento. Ed. Fundamentos. Madrid, 1974.
-REYNOLDS, Aidan & CHARLTON, William: Arthur Machen. A Short Account
of His Life and Work. John Baker. Londres, 1963.
-STERN, Philip Van Doren: Introduction, Tales of Horror and the Supernatural of A. Machen. John Baker. Londres, 1964.
-SYMONS, Julian: Introduction, The Three Impostors of A. Machen. John Baker. Londres, 1964.
-TORRES OLIVER, Francisco: “Arthur Machen: un sesgo hacia el paganismo en la literatura de terror”. En rev. Camp de l'Arpa, nº 65-66. Barcelona, julio-agosto 1979.



© Rafael Llopis Paret, octubre 2013

COLABORACIONES: JOSÉ MIGUEL VILAR-BOU, 13/10/2013





HISTORIA NATURAL DE LOS CUENTOS DE MIEDO, de Rafael Llopis; apéndices de José Luis Fernández Arellano

 

El miedo en la ficción, tal como lo conocemos en la actualidad, es un fenómeno literario relativamente reciente. Pese a que el temor a lo sobrenatural es tan antiguo como el hombre, su incorporación a la literatura no se produjo hasta finales del XVIII, el bautizado como Siglo de las Luces. Es en este momento cuando el escepticismo y el racionalismo ponen en tela de juicio toda creencia supersticiosa en lo sobrenatural. Por supuesto, los fantasmas, brujas, demonios, genios, espíritus de los bosques, venían de muy antiguo… pero como cosas en las que la gente realmente creía, que formaban parte de la vida cotidiana. Con la irrupción de la Ilustración, el racionalismo escéptico desterrará todo este reino de lo mágico a las mazmorras de la superchería. Se dejará de creer en él. Y eso, por tanto, lo convierte en material literario, en alimento de fantasías. Ya se pueden inventar historias sobre espíritus, diablos y almas en pena, porque sabemos que no existen.

Es así como el fantasma, en el siglo XIX, se convierte en protagonista de cuentos en los que el lector busca ese escalofrío de placer que los amantes del terror tan bien conocemos. ¿Pero qué hay debajo de ese escalofrío de placer? ¿No hay acaso un instinto profundo y escondido en la naturaleza humana que nos impulsa a temer lo que, intuitivamente, sabemos que hay más allá del mundo de lo material? ¿Existe un instinto de la muerte igual que existe un instinto de la vida?

Sin duda, los grandes maestros del terror han sabido explotar ese territorio incógnito de la conciencia humana, desde el ‘ghost story’ decimonónico, pasando por el terror materialista anunciador de la ciencia ficción de Lovecraft, y llegando a los delirios posmodernos de Stephen King y Clive Barker.

Este es sólo uno de los muchos planteamientos que encontramos en el fascinante viaje por la historia de la literatura de terror que encierran las páginas de Historia natural de los cuentos de miedo (Fuentetaja). No podía reeditarse en mejor momento esta obra fundamental del maestro Rafael Llopis, con toda probabilidad el único estudioso y ensayista que, durante décadas, ha dignificado en nuestro país la literatura fantástica y de terror. ¿Quién no ha leído alguna de sus antologías de cuentos (de fantasmas victorianos, de los mitos de Cthulhu, etc.) siempre maravillosamente prologadas y documentadas? Aprovecho, pues, esta entrada para ensalzar la labor teórica y dignificadora del muy veterano Llopis.

Originalmente, los textos que componen esta Historia natural de los cuentos de miedo fueron publicados en los años 70. Muchas cosas han sucedido desde entonces en España, en especial en los últimos años en los que, después de siglos de represión y marginación (otro tema magníficamente tratado en el libro), la literatura fantástica y de terror por fin han eclosionado libremente en nuestro país. Hoy son decenas y decenas los autores (de novela, de cómic, de cine), editoriales, colecciones, publicaciones, blogs y foros consagrados a estos géneros. Un milagro sin precedentes en la historia de la literatura española que un día u otro tenía que llegar. Un momento creativo sin duda explosivo y fascinante, que estamos teniendo la suerte de vivir.

Es por eso por lo que insisto en que el libro no podía reeditarse en mejor momento. Sobre todo si tenemos en cuenta los fundamentales nuevos apéndices incorporados por el escritor y crítico José Luis Fernández Arellano, que rastrean las tendencias del terror desde 1974 hasta la actualidad, no sólo en la literatura, sino también en el cine, la música, el tebeo, los juegos e internet. En estas páginas tengo el honor de aparecer junto a muchos otros compañeros generacionales que nos hemos lanzado a la caza (más o menos intuitiva) de una nueva narrativa terrorífica y fantástica. A llenar un hueco que en España, hasta ahora, apenas nunca se llenó. Tal como nos descubren las páginas finales de Fernández Arellano, jamás hubo tanto terror, fantasía y ciencia ficción en el mundo como ahora. Rara es la semana en que la cartelera de cine no trae un nuevo título terrorífico, de ci-fi o fantasy. Historia natural de los cuentos de miedo, con su repaso exhaustivo de autores y movimientos literarios, con su capacidad para ahondar en el tuétano filosófico y psicológico de cada uno de ellos, desde los más antiguos a los más nuevos, nos ayuda a conocer las profundas raíces del proceso que desembocan en el terror actual. Una obra que todo amante del terror debería tener a mano en todo momento. Yo ya la he puesto en mi estante de los libros más manoseados.


© José Miguel Vilar-Bou, 07 oct. 2013

CUATRO FRASES DEL “FINNEGANS WAKE”, DE JOYCE

Finnegans Wake, novela imposible, o antinovela, obra sublime, genial, realmente única para algunos (Harold Bloom, Anthony Burgess), y para otros mamotreto ilegible, indigno de su autor (Borges y Nabokov entre ellos), apareció allá por 1939, siendo la última obra publicada en vida por el irlandés. Obra cumbre, con todo, del experimentalismo y vanguardismo literarios, de la que a veces recelosa, temerosamente se sigue oyendo hablar en círculos restringidos, por motivos obvios como se verá a continuación, ha sido poco traducida a las distintas lenguas literarias del mundo. En español se conocen únicamente dos traducciones, una de las cuales fue publicada hace algunas décadas y de inmediato retirada del mercado debido a las implacables críticas recibidas. La segunda, en general muy alabada, de editorial Cátedra (1992), es solo parcial, pues recoge apenas un capítulo; corrió a cargo del profesor y experto en Joyce Francisco García Tortosa y sus colaboradores, y se encuentra agotada desde hace años.
Portada de "Anna Livia Plurabelle", ed. Cátedra, 1992.

Pero, ¿tan difícil es el libro?, preguntarán algunos. Cabe responderles: no es que sea difícil, es más infernalmente indescifrable que, pongamos, el propio Ulises de Joyce, las Soledades de Góngora y el Libro del Apocalipsis juntos. Según recoge el excelente artículo dedicado a Joyce en Wikipedia, el escritor y erudito José María Valverde, coautor de una Historia de la literatura universal, llegó a opinar: «Finnegans Wake es, seguramente, el libro de más difícil lectura que se haya escrito nunca». Y Umberto Eco no se quedó atrás: «Constituye el documento de inestabilidad formal y ambigüedad semántica más aterrador del que jamás se haya tenido noticia».

Solo con enfrentarse a la traducción de un breve pasaje, es fácil justificar tan radicales opiniones. Uno suficientemente significativo dentro de la obra, por ejemplo:


« You were dreamend, dear. The pawdrag? The fawthrig? Shoe! Hear are no phanthares in the room at all, avikkeen. No bad bold faathern, dear one ». (Final del Libro III).

Pero situémonos en contexto: el personaje de Jerry está teniendo una pesadilla, en la que su propio padre se le ha aparecido revestido de monstruosas proporciones; la madre de Jerry, la señora Porter, se percata del mal sueño de su hijo (no solo se percata, lo comprende, lo ve) y acude pronta a consolarlo, momento en que pronuncia dichas palabras.

A qué se enfrenta, pues, el traductor. Procedamos vocablo a vocablo. "Dreamend" (fonéticamente casi idéntico a 'dreaming') es uno más entre los miles de neologismos polisémicos que pueblan el idiolecto joyceano en esta obra. Dado que el autor no dejó guía o información detallada alguna al respecto, empezamos a suponer significados y, bueno, de momento, la cosa parece sencilla: se han enlazado 'dream' (sueño, soñar) y 'mend' (reparar, curar) o, más probablemente, 'end' (fin, terminar, destruir) . Seguimos suponiendo: "pawdrag" y "fawthrig", recogidos en alguno de los glosarios que estudian el Finnegans, por razones fonéticas, equivalen en primer lugar a los antropónimos Pádraic y Patrick. Ambos son en español Patricio, que viene del étimo latino "pater, -is": padre; no olvidemos en este punto que San Patricio es el patrón de Irlanda, patria de Joyce. Pero estos dos neologismos, por contexto y contenido, sugieren también sendos monstruos pesadillescos (recordemos que el personaje estaba soñando en su padre como un monstruo), lo que se aprecia más claramente en "pawdrag": 'Paw' (garra) + 'drag' (arrastrar), que en "fawthrig", palabro que sin embargo podría contener mayor número de resonancias fonéticas: 'fauces' (palabras española que recoge el diccionario inglés), 'father' (padre), 'trigger' (gatillo), 'three' (tres) e incluso 'tiger' (tigre); una traducción cómica sería "gatillopatrifauces".

"Shoe!" recuerda fónicamente a la interjección que se usa para frenar a las caballerías en español; es además zapato, zapata, freno ('shoe', en inglés), y ¡fuera, vete! ('shoo!'), también en inglés. En nuestro idioma podría pasar a "¡Sooo!" o "¡Fuera!". "Phanthares" solo se entiende como contracción de 'phantom' (fantasma) y 'panther' (pantera). "Avikkeen" aparece en un glosario de gaélico en Finnegans accesible en Internet; significa "mi hijito querido". Y "faathern" puede que consista en 'father' (padre) + 'aethern(um)' (eterno, en latín), por lo que la frase pudiera contener una alusión atea. Etc.

Traducción libre de la secuencia: « Te estabas soñacabando, querido. ¿Era el padrarrastragarras? ¿El patrifauces? ¡Sooo! Oyeaquí ya no hay fantaspanteras en el cuarto, hijito mío. Se ha ido el malvado e insolente padreterno, querido ».

Finnegans Wake consta de alrededor de setecientas páginas, y ni una sola de ellas escapa a este desbocado hiperbarroquismo onírico.

© José L. Fernández Arellano, 19 sepbre. 2013

FILOSOFÍA ¿CAUSAL O ACAUSAL?



La ciencia en general ha avanzado considerablemente en los dos últimos siglos, desde luego, pero ¿qué ha pasado con la filosofía? Bueno, es fácil comprobar cómo ésta se ha dejado sonrojantemente seducir por los innumerables triunfos científicos en tan diversos campos. Por otra parte, en muchos casos, la incierta filosofía contemporánea ha parecido avanzar retrocediendo, o retroceder avanzando. ¡La famosa cosa en sí no consistía más que en el arcaico átomo de Demócrito (aunque en realidad divisible)! Algunos de los más importantes filósofos y corrientes del pasado siglo (Wittgenstein, Popper, la filosofía analítica), adoptaron los métodos y la epistemología científicos como los únicos racionalmente plausibles, y el último avatar del escepticismo, el flamante pensamiento débil, es sin duda hijo natural de la Relatividad y el Probabilismo cuántico. Qué axioma se da ya por seguro e incontrovertible.

David Hume (1711-1776)
Ante tanta incertidumbre, avance y retroceso, cabe preguntarse si la ilación, la secuencia filosófica, el flujo ordenado de las ideas, son causados o incausados. La historia de la filosofía, ¿es la historia de un archipiélago de islas débilmente conectadas entre ellas por barco o la de una carretera de doble sentido, bien asfaltada y muy transitada? Y por cierto, ¿hay algo más allá del mar que circunda esas islas; llega esa carretera a algún sitio, en origen o en destino? Si uno regresara al pasado, pongamos que a matar “retrocausalmente” al abuelo de Kant, ¿doscientos años después las cosas, como sustentaría Hegel, por la fuerza irresistible del devenir del sentido de todo, habrían llegado otra vez a desarrollarse hasta su cauce actual, hasta el estadio de avances científicos y de conocimiento que hoy conocemos, o ni siquiera Einstein habría llegado a formular su Relatividad (supuestamente inspirada en Kant)?

Imaginemos que un psicólogo cualquiera plantease en Facebook hace unos días, mediante diversos textos significativos, en principio, el fenómeno de la sincronicidad (la concatenación sin causa aparente de casualidades), ampliamente estudiado por el psicólogo C. G. Jung, en connivencia con el físico W. Pauli. Imaginemos que añadiese luego pasajes del filósofo de lo atado y bien atado (la voluntad férrea, el superhombre, el fatal eterno retorno), Friedrich Nietzsche, lo que plantea una suerte de respuesta “prospectiva” implícita a la tesis de Jung. Imaginemos que quien suscribe se sintió empujado en este punto a traer a colación la filosofía prenihilista y preexistencialista, fundada en el budismo, en Kant y en Hume, del genio alemán del pesimismo, Arthur Schopenhauer, que supone el germen sin duda de la de su compatriota Martin Heidegger, y, como es bien sabido, ya había sido pilar fundamental de la de Nietzsche. Éste contesta “retrospectivamente” al pesimismo cosmológico de Schopenhauer y “prospectivamente” a las inquietantes acausalidades de Jung, proponiendo, de forma curiosa, una nueva moral de diseño cíclico (anticristiana) y, por otra parte, el nihilismo de Heidegger, claramente de forma “retrospectiva”, proviene de más lejos aún que Schopenhauer, pues, a través de éste, viene a responder al budismo (la doctrina del desapego y el nirvana) y al idealismo trascendental de Kant.
Buda gigante de Kamakura, Japón.

La historia del pensamiento ¿es necesaria o contingente, causal o meramente casual? La ética, por ejemplo (como la religión), ¿puede considerarse mero producto evolutivo funcional en manos de una especie muy desarrollada, o responde a algo más? ¿Qué subyace a tan suculento y multiforme proceso, a la tendencia siempre presente en la filosofía a romper con el símbolo en aras del noúmeno, de la cosa en sí, la verdad, lo real, con el tiempo y la causalidad (estas prospecciones y retrospecciones continuas, en línea con los citados avances y retrocesos)? La idea fundamental del maestro del escepticismo, Hume, consiste en que la causalidad (esto es, el presunto instrumento  del tiempo, del antes y el después, el pasado, el presente y el futuro), no es nunca necesaria, sino mera recreación de la experiencia, de la conciencia a partir del hábito, de la costumbre de lo repetido. No es lícito, sostiene Hume, predecir que mañana saldrá el sol, ni siquiera a partir de los billones de amaneceres que ya hemos contemplado. La causalidad únicamente es lícita, por tanto, cuando se juzga “a posteriori”. Como vemos en los textos propuestos, Jung, con el sustento de la física cuántica (que supone algo así como la entronización del caos y el poder inaudito de la mera observación) lleva de algún modo a cabo la suprema síntesis racional de todo ello, al profundizar en la fuerza general de la inercia, en la multitud de causas (relativización), la agrupación aperiódica de casualidades, y especialmente al tantear, no poco aturdidamente, en la conexión acausal de los fenómenos. Hay juntura, enlace, pero no causa y efecto, y no solo en temas de sincronicidad...

Martin Heidegger (1889-1976)

A Heidegger, pues, no le quedaba otra senda que hollar que la del absurdo, de raíces surrealistas, el nihilismo existencial: no ve en la vida humana otra necesidad, vemos en esos textos, que pagar “prospectivamente” (y no hay ruptura causal o temporal más profunda) la deuda para con su verdadera naturaleza, lo que le encamina a la decisión anticipadora que proyecta, del antes al después y del después al antes, la existencia auténtica, que se cifra en el vivir para la muerte. Ya no quedan símbolos válidos, ni mucho menos voluntades suprahumanas, a los que aferrarse, ni conexiones necesarias, ni sentido cierto y unívoco de las cosas, ni mucho menos trascendencia; solo una angustiada, casual, eventual (porque siempre va a dar lo mismo) mirada adelante o atrás: la vida a fin de cuentas nos viene de allá a donde nos encaminamos, del futuro, de nuestra mortalidad prometida (¿del miedo, de la nada?), porque en caso contrario no nos cuidaríamos de ella (concepto fundamental en Heidegger), y, claro está, no podríamos vivir, sucumbiríamos miserablemente a la dejadez del mero presente huidizo...

De condición fundamentalmente efímera, la causalidad, las ideas, la propia sustancia vital que nos conforma, fluyen blandas y livianas como los relojes de Dalí, hasta diluirse del todo y recomponerse acaso bajo otra configuración. El pasado, cifrado en la memoria, sirve de referencia, de guía, marca el camino, ilumina el pensamiento, pero, según vemos, también lo hace el futuro, que, como el tiempo, no existe. Y en medio, siempre tristemente anacrónicos, nosotros.


© José L. Fernández Arellano, agosto, 2013.

COLABORACIONES: RAFAEL LLOPIS, 05/06/2013


 


TRADUCCIÓN EN PROSA DEL POEMA “THE LISTENERS”
de WALTER DE LA MARE:




ESCUCHAN



–¿Hay alguien ahí? –gritó el Viajero golpeando con el puño en el portalón iluminado por la luna.

Y su caballo, en el silencio, mordisqueaba la hierba del bosque, entre los helechos.

Y un ave salió volando de la torre que se alzaba sobre el Viajero.

Y llamó a la puerta por segunda vez.

–¿Hay alguien ahí? –repitió.
 
Walter de la Mare (1873-1956)
Pero nadie bajó a abrir la puerta al Viajero; nadie se asomó a la ventana rodeada de hiedra; nadie le miró a sus grises ojos.

Y el Viajero permaneció inmóvil y confuso.

Sólo le escuchaba una hueste de fantasmas que moraban en la casa vacía y ahora, en la quietud del claro de luna, escuchaban aquella voz que procedía del mundo de los humanos.

Y se apiñaban en los tenues rayos de la luna, sobre la escalera que en la oscuridad desciende hasta el desierto vestíbulo, sumamente atentos en el aire agitado por la llamada del solitario Viajero.

Y él sintió en su corazón la extraña lejanía y el silencio que respondían a su llamada, mientras el caballo pacía el oscuro césped, bajo el dosel de follajes y estrellas.

Y de pronto golpeó aún más fuerte en la puerta y alzó la cabeza:
 
–¡Decidles que vine y nadie contestó! ¡Decidles que cumplí mi palabra!

Ni el menor movimiento hicieron los que escuchaban, aunque cada una de las palabras despertó ecos en las sombras de la casa silenciosa.

¡Ay! Y oyeron el ruido del pie sobre el estribo, y de hierro sobre piedra, y oyeron cómo regresaba el silencio al bosque a medida que se alejaban los cascos del caballo.



© Rafael Llopis Paret, febrero 2011.




(Texto original:

THE LISTENERS (1912)

‘Is there anybody there?’ said the Traveller,   
   Knocking on the moonlit door;
And his horse in the silence champed the grasses   
   Of the forest’s ferny floor:
And a bird flew up out of the turret,   
   Above the Traveller’s head:
And he smote upon the door again a second time;   
   ‘Is there anybody there?’ he said.
But no one descended to the Traveller;   
   No head from the leaf-fringed sill
Leaned over and looked into his grey eyes,   
   Where he stood perplexed and still.
But only a host of phantom listeners   
   That dwelt in the lone house then
Stood listening in the quiet of the moonlight   
   To that voice from the world of men:
Stood thronging the faint moonbeams on the dark stair,   
   That goes down to the empty hall,
Hearkening in an air stirred and shaken   
   By the lonely Traveller’s call.
And he felt in his heart their strangeness,   
   Their stillness answering his cry,
While his horse moved, cropping the dark turf,   
   ’Neath the starred and leafy sky;
For he suddenly smote on the door, even   
   Louder, and lifted his head:—
‘Tell them I came, and no one answered,   
   That I kept my word,’ he said.
Never the least stir made the listeners,   
   Though every word he spake
Fell echoing through the shadowiness of the still house   
   From the one man left awake:
Ay, they heard his foot upon the stirrup,   
   And the sound of iron on stone,
And how the silence surged softly backward,   
   When the plunging hoofs were gone.)