COLABORACIONES: RAFAEL LLOPIS, 23/10/2013

PRÓLOGO ECTÓPICO A
UN FRAGMENTO DE VIDA, DE ARTHUR MACHEN



(Escribí el texto que sigue como prólogo a Un fragmento de vida de Arthur Machen, traducido por mí por puro gusto y publicado finalmente por Editorial Siruela. El prólogo me fue encargado por el editor pero luego no lo publicó. Ahora se publica aquí, fuera de su sitio natural. Por eso lo llamo ectópico.)


Un fragmento de vida trata fundamentalmente de la emersión de una conciencia apofánica. La palabra “apofanía” fue utilizada por el psiquiatra alemán Klaus Conrad para designar el fenómeno nuclear de la esquizofrenia: una transformación súbita del significado de las cosas: un cambio cualitativo de la ciencia: una revelación.

Un fragmento de vida contiene diversos episodios cotidianos que desconciertan al lector que busca en Machen lo fantástico, lo sobrenatural, lo terrorífico, que es lo que normalmente se busca en él. Cierto es que lo sobrenatural deseado aparece o se insinúa en varios puntos de la narración, a veces como un simple toque fugaz, pero lo suficiente para que pueda ser incluida en la rúbrica “literatura fantástica”. Sin embargo, son sobre todo esos episodios realistas, casi hiperrealistas, los que poseen la principal cualidad fantástica del relato, que no reside en los acontecimientos relatados sino en la forma de percibirlos.

Arthur Machen (1863-1947)


En la mente de Darnell, el protagonista, está empezando a producirse una mutación. Su vida mediocre está empezando a ser vivida desde una conciencia cada vez más transparente, en la que cada vez se trasluce más la apofanía.

¿Darnell se está, pues, volviendo loco?

He de subrayar que la esquizofrenia no es la apofanía. La apofanía es la súbita emersión de un fulgor de la conciencia, nuevo y nunca visto, y a la vez arcaico y sabido, desde el cual o a la luz del cual las cosas se ven de muy otra manera. En esta otra manera se incluyen la nítida sensación de que el entorno posee carácter simbólico y una percepción del tiempo distinta de la habitual. La apofanía es solo una vivencia que a veces dura un instante y puede ocurrir en sueños, pero que deja una huella indeleble en la memoria de quien la vive. Ante esa demoledora impresión, repetida, irresistible, la gente desprevenida siente que se le desintegra el yo. El yo amenazado reacciona con una angustia indescriptible e intenta por todos los medios interpretar la situación y controlarla. Pero sucede que ese yo agrietado, escindido por el rayo apofánico, funciona pésimamente y además está dominado por un terror incapacitante. De ahí que solo produzca interpretaciones paranoicas y conductas patológicas. Esto sí es la esquizofrenia.

Pero la apofanía puede ser vivida de forma no catastrófica, y canalizada  por circuitos mentales muy distintos de los que conducen a la esquizofrenia.

Pondré como ejemplo una historia de esquimales referida por el explorador Knud Rasmussen y recogida por Joseph Campbell en su libro Myths to Live By. Los esquimales en cuestión viven en una sociedad chamánica. Entre ellos, cuando un joven empieza a mostrar ciertos fenómenos psíquicos que aquí se diagnosticarían de esquizofrenia, allí pasa inmediatamente a la jurisdicción del chamán. En vez de saber que lo que le está pasando se llama “volverse loco”, el joven esquimal sabe que ha sido elegido por el Poder, que se le avecina la gran prueba y que tiene que estar a la altura de las circunstancias.

El chamán habla con él, le instruye sobre los peligros que acecharán a su alma durante el viaje por el Más Allá y finalmente se lo lleva al desierto de hielo, lejos de donde está establecida la tribu, para que mute en paz, sin interferencias.

Una vez allí, prepara para él una minúscula choza de nieve y, tras exhortarle a que concentre todos sus pensamientos en el Gran Espíritu, le abandona a su soledad, acudiendo cada varios días para llevarle un trago de agua tibia, y a veces un poco de comida, y vigilar cómo transcurre el proceso. El joven esquimal queda entregado full-time a sus alucinaciones y delirios, casi muerto de hambre y de frío. Pero llega un momento en que encuentra el buen camino, se abre paso entre los espectros del trasmundo, contacta con espíritus benéficos y regresa a la llamada realidad enriquecido con la sabiduría de los mundos ocultos. Ha visitado el reino de los muertos y ha vuelto a nacer. Cuando el viejo chamán lo transporta de nuevo a lugar habitado, parece verosímil que al joven no le quede más remedio que seguir carrera de chamán.

Como señala Joseph Campbell, a la misma fórmula universal se ajusta el viaje del héroe mitológico, que él divide en tres tramos –separación, iniciación y regreso– y resume así: «El héroe se aventura a abandonar el mundo cotidiano y penetra en una región de prodigios sobrenaturales: allí se topa con fuerzas fabulosas y alcanza una victoria decisiva: de esta misteriosa aventura el héroe regresa investido del poder de otorgar mercedes a los hombres».
Darnell es el héroe de esta aventura. Sin chamán alguno, sólo impulsado al principio por sus genes galeses de la vieja estirpe y guiado más adelante por antiguos manuscritos de una tradición primordial, nuestro héroe empieza a despegarse insensiblemente del mundo cotidiano y flota lentamente hacia la región de los prodigios y las fuerzas fabulosas.

Desgraciadamente, Machen no nos lo cuenta.

El relato comienza con un movimiento lento, descriptivo, parsimonioso, casi hiperrealista, donde sólo ocurren pequeñas cosas. Sus primeras tres cuartas partes parecen el principio de una novela muy larga, en la que el autor se tomase todo el tiempo del mundo para ir creando el ambiente deseado. Pero de pronto se acelera el ritmo, irrumpen elementos misteriosos y se llega abruptamente al final, como si Machen se hubiera cansado de describir minuciosamente la transformación de Darnell y hubiera decidido acabar la historia de una vez.

Este brusco final frustra nuestro deseo de conocer en detalle los pasos que Darnell fue dando hasta ese feliz momento. Pero, en efecto, el relato, como dice su título, es sólo un fragmento y no podemos llamarnos a engaño. Resignémonos a conocer tan sólo unos acontecimientos vividos en el momento preciso en que comenzaba a producirse la mutación y agradezcamos encima a Machen que nos notifique, aunque sea escuetamente, en qué terminó el asunto.
………….

Un fragmento de vida también trata de cuestiones tales como descubrir las propias raíces, conectar con los ancestros, trascender la identidad individual y saberse eslabón de la cadena de la vida, participar en la gran sabiduría de los orígenes, restablecer contacto con los dioses, convertirse en dios. En suma, Un fragmento de vida expresa el más bello mito del momento, mucho más actual ahora que cuando fue publicado en 1906.

En aquel entonces, Machen era un escritor solitario y atípico, cuyas obras apenas despertaban interés, mientras el cuento de fantasmas alcanzaba su apoteosis final con M. R. James. El solemne espectro de la tradición gótica empezaba a dejar paso, como personaje terrorífico, a engendros más arcaicos y menos humanos, como los que ya incordian en los cuentos del propio M. R. James.
Rafael Llopis (1933)

Machen aceleró esa evolución del cuento de miedo y arrumbó el muerto, la noche y el castillo que ya no le producían terror. Lo que le producía terror, y él transmitía a sus lectores, no era aquella escenografía romántica demasiado desgastada, sino la sospecha de que, escondida tras su propia conciencia, acechaba otra conciencia distinta, intemporal, arquetípica. Los antiguos sabían de esta conciencia oculta y eran capaces de evocarla, asumirla y utilizarla (o ser utilizados por ella) mediante ritos y ceremoniales secretos. A ella aludían veladamente, mediante símbolos, sus mitos y libros sagrados. Y Machen, galés que era, se volvió a las mediaciones que tenía más cerca, a sus propias tradiciones que había mamado: a los mitos celtas, a las hadas, a los dioses y a los espíritus de la naturaleza; y salió de la negra noche gótica a la plena luz del día pagano. 

Este retorno a lo arquetípico, que aparece por primera vez con Machen, orienta desde entonces la historia del cuento de terror en un sentido de pavor numinoso que pronto va a ser expresado, aunque de modo muy distinto, por Algernon Blackwood y H. P. Lovecraft. Los tres escritores se enfrentan al gran misterio y cada uno de ellos lo contempla desde sus propios temores y ambigüedades. La reacción de Algernon Blackwood ante la presentación del Paraíso es huir: su personaje es rescatado in extremis, gracias a Dios, por amigos o azares que lo devuelven sano y salvo a su oficina, donde finalmente se le recompone el yo rasgado por el rayo. Lovecraft es todavía peor: lo que brota de las profundidades no es el Paraíso sino el Infierno. A cambio, su personaje no suele ser salvado.

Machen, por su parte, se enfrenta al asunto con bastante ambivalencia. En sus primeros relatos sobre todo, lo que emerge es una conciencia maligna que causa horror y daño en las personas de su entorno, con las cuales se identifica el autor, tal vez para disimular su secreta atracción hacia ese mundo mágico tan prohibido.

Dichos relatos son propiamente relatos de terror, aunque en ellos se insinúe la turbadora noción de que, tras ese terror, lo que se extiende es un inmenso placer. Pues en el fondo los Misterios de Machen siempre son misterios de placer, como dice Emiliano González, aunque sus cuentos a menudo traten de los horrores reservados a quienes yerran el camino. El poder que a pesar de todo adquieren, lo utilizan para el mal. Lo sobrenatural resulta diabólico.

Sin embargo, en Un fragmento de vida Machen abandona por primera vez todo pudor y proclama descaradamente su deseo pánico: lo que él anhela y busca no es ningún ideal razonable y victoriano, sino el éxtasis dionisíaco, la comunión sacramental con el misterio, que ya no le parece diabólico, sino divino. Por eso, Un fragmento de vida no es un relato de terror, sino un cuento de hadas, uno de esos cuentos de hadas cuyo más íntimo argumento, olvidado y degradado según Vladímir Propp en el transcurso de los siglos, es el viaje al País de los Muertos, la lucha contra las entidades hostiles que allí moran, la obtención del éxito y el regreso triunfal al mundo cotidiano: el mismo esquema de Joseph Campbell mencionado más arriba: el largo itinerario del yo a la apofanía, donde ésta no resulta destructora: una metáfora de los peligrosos territorios psíquicos que rodean el punto de comunicación con el Más Allá, con descripción detallada, a veces, de los guardianes que custodian el umbral de las muchas dimensiones.

Este mito de la emersión de una forma de conciencia que he lla­mado apofánica siguiendo a Conrad es uno de los pocos mitos de esperanza que le quedan hoy en día al ser humano, tan amenazado de autoextinción. Como todos los mitos vivos, posee un gran poder configurador sobre la llamada realidad, en la cual opera desde zonas aledañas a ese misterioso manantial creativo que Jung denominó inconsciente colectivo. Hoy por hoy, éste es el mito que encauza el grito de la humanidad, el deseo incontenible de la vida que somos.


BIBLIOGRAFÍA:
-BORGES, Jorge Luis: Prólogo a La pirámide de fuego de A. Machen, Ed. Siruela. Madrid,1985.
-CAMPBELL, Joseph: Myths to Live By. Souvenir Press. Londres, 1973.
-CONRAD, Klaus: La esquizofrenia incipiente. Alhambra. Madrid, 1963.
-GONZÁLEZ, Emiliano: Correspondencia privada.
-LLOPIS, Rafael: Historia natural de los cuentos de miedo. Ed. Júcar. Madrid, 1974.
-MACHEN, Arthur: Un fragmento de vida. Ed. Siruela. Madrid, 1987.
-PROPP, Vladímir: Las raíces históricas del cuento. Ed. Fundamentos. Madrid, 1974.
-REYNOLDS, Aidan & CHARLTON, William: Arthur Machen. A Short Account
of His Life and Work. John Baker. Londres, 1963.
-STERN, Philip Van Doren: Introduction, Tales of Horror and the Supernatural of A. Machen. John Baker. Londres, 1964.
-SYMONS, Julian: Introduction, The Three Impostors of A. Machen. John Baker. Londres, 1964.
-TORRES OLIVER, Francisco: “Arthur Machen: un sesgo hacia el paganismo en la literatura de terror”. En rev. Camp de l'Arpa, nº 65-66. Barcelona, julio-agosto 1979.



© Rafael Llopis Paret, octubre 2013

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