¿HABLAMOS DE LA MISMA GUERRA?



Shelter me from the powder
and the finger
Cover me with the thought
that pulled the trigger
Think of me
as one you'd never figured
Would fade away so young
With so much left undone
Remember me to my love,
I know I'll miss her.


(Neil Young, "Powderfinger" )
 

En absoluto: nosotros hablamos de campaña de exterminio, de guerra de conquista, y lo que nos preocupa de verdad no es quién la gane o quién la pierda, sino los daños colaterales que origina toda campaña militar. No, qué va, no nos referimos a la misma guerra que diseñan en sus despachos aquellos que pagan o sufragan a los políticos, militares y periodistas venales por defenderla, sino a la guerra de los cientos, miles, quizá millones de jóvenes arrojados a una muerte segura. Qué fácil, desde los despachos políticos y desde la poltrona de prensa, clamar por un bombardeo que, de momento, se va a desatar a miles de kilómetros de distancia y del que no nos va a llegar ni un eco lejano. Siempre se ha dicho, y qué gran verdad: no se ven igual los toros desde la barrera.




Somos los mismos objetores de 2003, aunque probablemente muchos, muchísimos más, porque la indignación ha cundido entre los desgraciados jóvenes, esos mismos que están destinados nuevamente a hacer de carne de cañón. Qué mejor destino, en efecto, que dar la vida por la patria y por Europa, ya que ocho de cada diez no tienen trabajo y han acabado representando para la Casta más que nada un estorbo, con tanta radicalización, exacerbando absurdamente la crisis, protestando cada dos por tres y votando, no a los que deben, al PPSOE, sino a esos malignos revolucionarios de opereta con coleta y pañuelo de baratillo al cuello. Nuestra postura frente a la crisis y frente a la guerra es exactamente la opuesta, decíamos, a la que defiende la mayoría de la prensa, incluyendo, ay, a El País, periódico que, al igual que partidos como el llamado socialista, defendía en su tiempo ideas, al menos, progresistas, y no esto indefinido e indefinible de ahora.


Parece ser que los asalariados de este periódico que responden por John Carlin y Rubén Amón (artículos “¿Por qué no podemos llevarnos todos bien?” de 23 de noviembre, y “¿No a la guerra?”, del 24) no se dan cuenta de que apoyar intelectualmente la guerra, y hacerlo a tumba abierta, irreflexivamente, sin escrúpulo ni recato algunos, los coloca, de entrada, sin paliativos, del lado de célebres guerreros (en su acepción adjetival) tan impulsivos, desalmados y obtusos en su beligerancia como los Bush, Aznar, Blair, y también, por qué no, aquellos Gengis Khan, Hitler, Napoleón o Franco, quienes de entrada, en el medio juego y de salida no veían más allá de sus rabiosas narices marciales.


Carlin quiere convencernos de la idoneidad de la guerra utilizando argumentos dignos del mismísimo Gorgias, ya saben, el sofista, argumentos como que así, rompiendo de una vez con valentía las hostilidades, incluso contribuiríamos a la salvación de los propios musulmanes que sucumben de continuo por miles a manos de los yihadistas. O sea, que para salvar musulmanes hay que matar musulmanes. No voy a discutir sus supuestos sobre “qué habría pasado si”, porque a un pacifista por definición le sobran. El “no a la guerra” pacifista es apriorístico, simple y llanamente contrario como premisa a la violencia de todo tipo. Los pacifistas, “idealistas de izquierda”, según este plumífero (pese a nuestra edad y formación, esto no lo dice Carlin), no somos más que cobardes “buenistas” que no nos atrevemos a “tomar partido” y que no hacemos otra cosa que “cerrar los ojos a la cruda realidad”. Pero lo que a mí me alucina en colores es que a renglón seguido se atreve a afirmar (como haría sin duda el propio ex presidente español de referencia acerca de las armas de destrucción masiva), que no existe una “simple conexión causa y efecto entre la política exterior de los países ricos de Occidente y el ascenso del Estado Islámico”. ¡Chapó, John! Hoza Carlin seguidamente en la “culpa”, cuando eso a un pacifista de verdad, insisto, le importa un pimiento. ¿Me explico? Qué demonios importan las responsabilidades, los causantes y las culpas, una vez los cementerios a rebosar de inocentes. 

Carlin remata su soberbia argumentación irrefutable llamándonos “tontos útiles” y amenazándonos con un kaláshnikov de esos, caso de que no nos portemos como él afirma que debemos portarnos, dando un marcial paso al frente. Bien, yo lo llamo a él en público “miserable pesebrero amoral”. Qué otra opción me deja semejante sarta de idioteces tendenciosas.

Es que en tema tan delicado como este, claro está, no es de recibo el partidismo, el sueldismo, la mera tendenciosidad en cualquiera de sus viles formas. Lo que pide una crisis de tal envergadura es, en primerísimo lugar, poner los puntos sobre las íes, llamar a las cosas por su nombre: mencionar con suficiencia de datos, números, detalles, documentos, la multitud de  intereses económicos y estratégicos en juego (el petróleo, el comercio de armas, las alianzas políticas, militares y económicas entre estados) que existen, desde hace decenios, en o en los alrededores de la alejada zona del planeta en que se está cociendo el desastre. Esa es la cuestión, no hace falta ir más lejos. Casi pierde sentido discutir si guerra o solución pacífica, porque lo primero es lo primero. ¿Qué hacen (e hicieron en su día, recordemos, bueno, la guerra de Vietnam mismo) las tropas, carros de combate y aviones rusos, estadounidenses, franceses, alemanes, españoles, etc., tan machaconamente cerca, encima mismo, de la región terrestre más rica en pozos petrolíferos; tan cerca del petróleo y tan lejos de la defensa de fronteras nacionales o comunitarias que es para lo que se supone que fueron diseñadas y debían servir en exclusiva (recordemos que ya no existen Ministerios de la Guerra, sino de Defensa)? ¿A qué se llama exactamente “interés geoestratégico”? Véase más arriba. Democracia es también verdad y claridad expositiva de cara al pueblo, verdad y claridad que contribuyen desde luego mucho más que la mentira y el ansia viva, que decimos en La Mancha, al bien común, y nunca a la guerra de conquista que nadie quiere. El pueblo no quiere conquistar”, ni Dios que lo fundó, sino que lo dejen vivir en paz, en y con su entorno.


Si no hubo “armas de destrucción masiva” cuando entonces, esta desenfrenada “defensa” de los intereses geoestratégicos –eufemismo creado para encandilar a los verdaderos tontos útiles en forma de votantes– seguro que se halla por fin, con ayuda del Daesh, en un tris de extraerlas de la nada. Y si no, al tiempo. Será entonces la guerra, o mucho más que eso, la que venga a buscarnos quizá a nuestras casas y despachos, y no al revés. Causa-efecto, efecto-causa: la Ley del Círculo Vicioso Desencadenado Por, aunque, con los cementerios a rebosar y la miseria y la desesperación galopando a sus anchas por el planeta, permítaseme insistir, las dos últimas palabras lógicamente acaban siempre sobrando.


Digámoslo una y mil veces más. El argumento del pacifista no se basa más que en una premisa muy simple y cuya infinita verificabilidad nadie osará poner en duda: la violencia engendra violencia. Las guerras, una vez desatadas, no se acaban porque sí. Las guerras las termina el desbordamiento de un río de sangre más caudaloso que el ya de por sí caudaloso de la parte ¿vencedora? en conflicto. Para nosotros cuenta y contará siempre más el dictamen al respecto de un Gandhi que el de un Hitler. Que el señor Carlin intente demostrar la no aplicabilidad de este razonamiento al caso que nos ocupa, en este preciso instante histórico. Vamos a ver, ¡es que este buen señor pretende, como todos los guerreros (en la citada acepción), nada menos que apagar el fuego con gasolina, o petróleo! En esto no hace falta recurrir a ningún Gandhi. Esto es una sinrazón demencial, una tontuna abismal, una auténtica burrada. ¡Apagar el fuego con gasolina es im-po-si-ble! Ese tipo de fuego solo cabe apagarlo, decimos, remojado en ríos, mares de sangre.


En cuanto al señor Amón, ya el título de la soberana sandez sin ton ni son que firma lo dice todo: “¿No a la guerra?” ¿Qué es esto, una pregunta retórica? ¿Es que el muchacho no se atreve con el titular que tenía valientemente pensado de antemano, es decir, “Sí a la guerra”? El resto de la indigna matraca, cuando no da vergüenza ajena, alcanza a hacer gracia, mira tú por dónde. ¡De forma y manera que el pacifismo solo lo explica la crítica a un imbécil beligerante como Aznar! ¿? En cuanto a ese engendro conceptual del “pacifismo utópico”, ¿es que existe un pacifismo realista y otro que no lo es? Una cosa es reacción, y otra muy distinta premisa. ¿Tan pronto hemos olvidado el maldito embuste de las armas de destrucción masiva? Habla de “errores de la geoestrategia occidental”. Desde luego, y tanto que errores, pero comprendamos que el gran error de la geoestrategia occidental no es el que predica Amón, sino otro muy distinto, y a ver si nos enteramos todos de una puñetera vez: el de no haberse apoderado neoliberalmente de una vez por todas del planeta entero, incluido el petróleo, por supuesto, que no de otra cosa se trata.


¿Nos atreveremos a comentar el remate de tan brillante cacalegato? ¿Es vacuo el pacifismo de aquellos que opinan, simple y llanamente, que el fuego no se apaga con gasolina? “Que la guerra no sea la única solución a esta crisis polifacética e imprevisible no significa que pueda concebirse una solución sin la guerra”. ¿Crisis polifacética? Este muchacho, no es que no sepa ni lo que dice, es que, en fin; debió aprender algo más de papá periodista.


Tres últimos apuntes. 1. ¿Es exagerado afirmar que igual que han creado y radicalizado más independentistas en Cataluña el franquismo, el aznarismo y el rajoysmo que las propias ideas o necesidades independentistas, han creado y radicalizado más yihadistas en Europa y Oriente Medio la opresión, la miseria y la marginación social de los musulmanes que el mismísimo Alá, el Clemente, el Misericordioso? 2. Los atentados de Atocha dejaron bastantes más muertos que los recientes de París, pero eso ni desató un terremoto planetario como el que vivimos, ni logró acallar a los que seguimos contrarios a la guerra. 3. Quien suscribe vivía en el centro de Madrid en 2004, por lo tanto no demasiado lejos de la estación de Atocha y aledañas.

Antes de decidir si sí o si no a las bombas y a la muerte, no estaría de más echarle un vistazo al siguiente documental, más que ilustrativo: Invierno en Bagdad.




© José L. Fernández Arellano, 26 noviembre 2015

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