EN LA BOCA DE LUCIFER

(Infierno. XXXIV, 55-69)


Aguarda, no te inquietes, un momento.
Escucha. Escucha, nada temas
aquí, lejos de todo.
No es más que el triste viento vagando entre las tumbas,
su voz en un susurro,
su soplo familiar
allá extraviándose en la lejanía.

Ah, sí, esa ha de ser. Sin duda.
La canción que los muertos canturrean.
Esa que tú y yo nos sabemos al dedillo.

Mas retorna la noche, y ya es la hora
de partir, porque todo ya hemos visto.

Cantan los muertos, canta el viento
entre lápidas y árboles picudos;
y canta la corneja en su percha de carroña;
se escabulle la rata de campo
a su siniestra madriguera.

¿Sabes en qué lugar, como gusanos, bullen sus crías?

Ah, nosotros sabemos pocas cosas,
pero esas en concreto las sabemos.
Tan solos y extrañados,
acaso solo de ellas persistimos.

Mas retorna la noche, y ya es la hora
de partir, porque todo ya hemos visto.

Días que no son días,
noches que no son noches,
inmensas, incontables,
vagando, sin que huyamos,
de un sitio para otro
en la hora incierta, pálidos, amoratados,
ateridos de frío, sin fuerza, blandos,
dándonos pena unos a otros,
grotescos, indistintos,
tambaleándonos, tropezando,
mas rehuyéndonos siempre,
ay, de nosotros mismos espantados.

Muertos lo estamos, e ignorábamos por qué,
¿acaso la muerte se ciñe a razones?
Mas una noche un hilo de voz, sin saber cómo,
brotó al albur del polvo y la ceniza,
en pleno centro concentrándose
de una garganta descarnada
de la que se expandió más tarde, poco a poco,
flojo silbo en el aire turbio.

Muy pronto lo aprendimos.
Y muy pronto, sin lágrimas,
supimos al cantarlo su sentido.

«Muertos, muertos», repite.
«Muertos, sí, porque tú nos traicionaste.»

Mas retorna la noche, y ya es la hora
de partir, porque todo ya hemos visto.

¿Por qué luchar? No había por qué.
Pero, maligno, absurdo, el enemigo
acechaba insistente.
La vida no tenía mucho sentido,
pero íbamos tirando, tú ya sabes.
Tan poca cosa éramos.
Por qué negarlo,
a nadie le importábamos,
de nadie dependíamos.
Mas tú, fuisteis vosotros,
por qué precisamente vosotros
quienes un día gustosos asumisteis
el más vil de los papeles.

Y quién, quién, quién se lo esperaba.
Quién demonios necesitaba eso.
Di, por lo que más quieras:
quién demonios necesitaba eso.

Mas retorna la noche, y ya es la hora
de partir, porque todo ya hemos visto.

Más tarde, cuando todo hubo acabado,
el mísero holocausto ya cumplido,
ni os dignasteis venir a visitarnos,
para el consuelo al menos.

Este lúgubre son es, pues, para vosotros,
a vosotros debido,
el que ahora corresponde,
el tantas veces entonado,
turbio, confuso y monstruoso,
perseguidor y endemoniador de insomnios,
cantando días y cosas hoy por hoy insondables,
esa maldita insensatez,
ese pútrido egoísmo.

«Muertos estamos, muertos, muertos,
mas sólo porque tú nos traicionaste.»

Mas retorna la noche, y ya es la hora
de partir, porque todo ya hemos visto.

Ni olvido queda aquí. No hay ya luz ni tiniebla.
No quedan más que nuestros ojos secos
sin dejar de mirar
la triste, obscena nada que creasteis.

Mas, poniendo atención, ese susurro...
Escucha, sí, pues nunca dejarás de oírlo.

Es el viento gimiendo entre las lápidas.
Somos nosotros.



© José L. Fernández Arellano, feb. 2002

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