BREVIARIO DEL CONDUCTOR RESPONSABLE



He tenido un ligero contratiempo de tráfico recientemente que me ha recordado un sugestivo estudio sobre el tema que leí hace tiempo en algún sitio. En dicho estudio, digno sin duda de tener siempre bien presente a la hora de ponerse al volante, se demostraba con abundancia de datos que ese torpe conductor que acaba de hacer en tus propias narices una maniobra peligrosa, o simplemente brusca o incorrecta, y al que todos insultan y pitan bárbaramente, lo más fácil es que sea la única maniobra mala que ha efectuado en la semana de que se trate.

Aparte de la mera estupidez humana (mismo esos capullos de las prisitas que te rozan con un terrorífico acelerón solo a fin llegar siempre los primeros al semáforo en rojo), el estudio enumeraba las diversas causas que todo buen conductor debería tener muy en cuenta en caso de percance, ya que podrían disculpar sobradamente dichos errores puntuales: el interfecto puede ser de edad y tener mermadas sus facultades de atención y maniobra; el interfecto puede ser muy joven o ser mujer sin experiencia; hallarse bajo los efectos de alguna fuerte medicación ineludible; acaba de recibir una llamada al móvil en la que le han informado de un crucial acontecimiento o desgracia recientes; se ha distraído un solo instante como a cualquiera puede ocurrirle, etc., etc.

Todos los factores aludidos (sin perder de vista, en efecto, la máxima de que el que esté limpio de culpa…, y sin obviar nunca la mentada estupidez humana: ¿quién, a ver, a ver, no conoce a un pobre estúpido integral que es en el fondo un pedazo de pan, o que es que nació sietemesino, o le daban muchos pescozones en la cabeza de pequeño, siempre inocentemente la estupidez, nunca el pescozón?) deberían tenerse en cuenta antes de ponerse a vociferar y hacer sonar los cláxons como energúmenos a las primeras de cambio.

Pues bien, no creo andar errado si afirmo que en las redes sociales, antes de dejarse uno sulfurar impulsiva y gratuitamente por grosería o metedura de pata ajena, conviene proceder de manera similar. En medio de tan abismal, salvaje y verborrágico semianonimato, ¿quién se sabe garantizablemente exento de tratar con un enfermo, con un loco de atar o con un simple y llano tonto del culo emboscado en la maleza? ¿Quién, pregúntense, quién no ha llamado alguna vez equivocadamente a la puerta de un parvulario o un centro de día? ¿A quién, ay, no le han crecido alguna vez traicioneramente los duendes o enanos informáticos? De tal modo que, ¡soo, echa el freno, Madaleno! ¡No sojuzgues, no maltrates, no destripes a esas pobres criaturas bajitas, tú, monstruo de infinita crueldad! ¡Haz por reciclarlos para ti en otra cosa, en limpiadores, en equilibristas, en payasos; aquello para lo puedan servir los pobrecitos, jodelines, tío, o algo!…



© José L. Fernández Arellano, solsticio de verano 2014

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